giovedì 7 novembre 2019

Tia Ale entra en el pueblo y el mundo la acoge


Cuando llegó encontró el niño pequeñísimo, que todavía no se podía ni dar la vuelta en la cama. Ella siempre le decía a su madre que el niño tenía que dormir, pero la madre, Silvia, siempre lo despertaba y le decía un montón de cosas bonitas. Le daba de comer, y en vez de dejarlo reposar le enseñaba las cosas, le hablaba todo el tiempo, aún que fuera pequeñísimo, y siempre le dejaba dormir lo justo: por la noche, por la mañana un poco mas, por la tarde un poco mas todavía y luego de nuevo por la noche.
Mientras estaba despierto, sus ojitos siempre estaban capturados por su madre, que le hacía bromas.
Empezó a reír muy pronto. Habló, empezó a andar y una vez hasta se caió de una escalera.

Thiago seguía creciendo, y no solo andaba. Thiago seguía yendo a la playa con sus padres y siempre jugaba en los toboganes enormes en Madrid, donde vivía antes de mudarse al pueblo.

Sus padres habían andado mucho para llegar a la montaña, se habían instalado en el villaje y habían empezado a construir la casa en el árbol.
Dos casas eran. Quizá la siguiente sería la de Tía Ale? Como le hubiera gustado vivir en una casita del árbol.
Desde hace siempre pensaba en madera y construir cosas imaginarias. Desde hace mucho Tía Ale sabía que no se necesita mucho para vivir.
En el pueblo se vivía tranquilamente, las horas pasaban entre un té en el espacio común y crear un villaje amable, vivible.
Necesitaban también el sustento y se autogestionaban cultivando las muchas verduras que crecían abundantes en el espacio, y intercambiándolo con lo que necesitaban.
Repartían cestas de verduras frescas a quien le daba legumbres. Todo el resto era accesorio. La comida principal la tenían, y como también tenían un techo, vivían sin preocupaciones y podían dedicar sus vidas a todo el resto que le interesaba.
No generaban muchos daños, vivían en equilibrio.
También tenían un pequeño cine, que funcionaba pedaleando en una bicicleta muy comoda, tumbados. Como si estuvieran en un gimnasio. Cine-Gimnasio lo llamaban, en verdad.
Ponían películas de terror italiano de Bava o Dario Argento, y de mientras algún documental como Planeta Azul, películas actuales hechas por directores sensibles a los detalles, con una musica suave y imágenes dignas de cualquier película de cine decente.

Cuando cocinaban, no cocinaban realmente mucho tiempo. Ponían a remojo las legumbres. Pasada una noche, echaban el agua del remojo a los cultivos que crecían en los alrededores. Preparaban brotes de lentejas, de garbanzos, de alubias. De todo lo que le gustaba y era fácil de hacer.
Los brotes los cocinaban en el sol, con un horno solar. Cuando el horno no funcionaba, tenían el biogas. Sino, crudas también estaban ricas.
Sabían frescas, a hierba.
Sabían que les habría aportado muchas vitaminas y minerales, no desperdiciaban el poder de la semilla.
Sabían que cada semilla tiene proteína dentro y muchas más cosas interesantes. Así que, la comían. Se sentían bien con sus aceites en el cuerpo.
Conseguían desde un amigo de un amico muy lejano un bote de aceite de coco que no se sabe cómo había llegado allí. Se decía que era un alimento muy sano y que también ayudaba en algunas enfermedades. Se decía que renovaba las células del cerebro.