mercoledì 9 agosto 2017

Marmellata di more

Quando Thiaghino mise la testa dentro l'albero della cuccagna, non si aspettava di certo una scoperta simile. C'erano dei piccoli funghetti sul tronco dell'albero, rosa e grigio.
C'era un piccolo praticello fatto di muschi e licheni. Con la luce della torcia solare Thiaghino illuminava l'interno dell'albero.
Continuava a far andare la dinamo della torcia, checontinuava a illuminare, anche se a tratti. Aveva una luce giallastra, tenue. Nel bosco la usava per spaventare gli animali, ma non serviva mai per illuminare la notte. Fortuna che casa sua e di Marti erano unite dalla via Lattea. La notte bastava seguire quella.

Soltanto una volta Thiago aveva avuto paura nel bosco: quando era andato solo a raccogliere le more.
Quella sera aveva la febbre e si era svegliato durante la notte con il pensiero di quant'è buona la marmellata di more.
Mamma e papà dormivano. Pure la gatta Minù ronfava, sognando di rincorrere una farfalla in un prato di palline di lana (i sogni dei gatti sono a colori!).
Thiaghino si era messo i sandaletti ai piedi ed era sceso dalle scalette.
Inciampato sul gatto, riceveva un graffietto sonnecchiante.

Il cespuglio delle more era proprio davanti alla casa. Intontito, Thiaghino raccoglieva, mangiava more e allo stesso tempo dormiva. La luna era uno spicchio di mela. Anche i grilli dormivano, nelle loro tane scavate negli alberi. Non c'era un'anima viva nel bosco.
Mangiate le prime more, Thiaghino si sporgeva per raccoglierne altre. Ma cadeva ti testa sul rovo. Spine piccole e curve come delle rose si infilzano nelle gambe. Su una guancia un dolore piccolo, accompagnato da altre fitte pungenti sulle braccia, sul collo.
Non sapeva come uscirne. Se si muoveva, le spine si conficcavano nella pelle e facevano male.
Se stava fermo, sentiva solo il dolore. Aveva paura. Pensava agli animali pericolosi che giravano nei posti tropicali. Pensava a piccoli serpenti, a ragni che pizzicavano e rilasciavano il veleno. Pensava alla fame, al freddo della notte.
Per un attimo gli occhi si chiudono e gli sembra passato un minuto quando una mano lo estrae dal rovo. Dorme così profondamente che non si accorge delle spine lo abbandonano. Si sveglia nel suo letto, i cerotti su tutto il corpo.
La casa profuma di dolce. Mamma ha preparato la marmellata di more.

lunedì 7 agosto 2017

La tia de Thiaguito

Un día llegó al pueblo la tía de Thiaguito.
Tía Ale se llamaba. 
Zia Ale, en italiano. Alessandra era su nombre.
Tenía el pelo rizado y se lo coloraba de naranja y de rosa con unas infusiones de remolacha y azafrán. 
Zia Ale le quería mucho a Thiago y se quería mudar a su pueblo.
Antes de la mudanza, la gente del pueblo la tenía que conocer, y tenía que evaluar si su presencia en el pueblo estaba bien para todos o si alguien tenía algo en contrario.
Tía Ale llegó al pueblo con una maletita verde, y otra negra con un lazo blanco en el centro .
Subió la escalera de la casita del árbol. Todavía ella no conocía a Thiaguito, y Thiaguito tampoco a ella. Pero era como si se hubieran conocido desde siempre, ella estaba segura de esto. 
En un sueño una vez Tia Ale había visto un niño que corría por los campos del villaje. Tenía una camiseta azul donde estaban dibujados unos insectos en fila de dos. Eran coleópteros, precisamente. 
De un momento al otro los insectitos cobraron vida y comenzaron a volar encima de la cabeza del niño. Asustándose, el niño emepzó a correr, y no paraba. Tia Ale en el sueño quería decirle a Thiago que no se asustase, que parase y que hablase con los insectos, que solo habían salido de su camiseta y que ya que habían vivido tanto tiempo con él, le querían mucho y que solo querían jugar con él. 
Pero Tia Ale no consiguió gritar en el sueño, porque ella no era un personaje de aquel campo. Ella no vivía allí!
Fue así que Zia Ale recogió las maletas de su casa, escogió unos vestidos lo más bonitos y coloridos posibles para que el niño se divirtiese, y voló. 
Llegó así en un pueblo de España, donde tuvo que caminar. Las casitas eran pequeñas, tenían ladrillos grises por las paredes, Las puertas de las casitas eran bajitas igual. En el aire había un olor de chimenea. Era primavera, pero todavía hacía un poco de frío. Estaban en montaña, quizá a 800 metros, y por allí la temperatura era mas fresca que en la ciudad. Ella vivía en Madrid. Era una ciudad muy grande y siempre la gente paseaba por las calles (menos en Agosto, cuando la ciudad estaba desierta en todos los lados menos en las fiestas de barrio, llenas de gente por el verano también). 
Tía Ale paseaba por este pueblito y notaba las diferencias que hay entre las ciudades grandes y las pequeñitas. Las calles eran más estrechas. Por allí no pasaban muchos coches. Las calles estaban hechas de piedras grises como las de las casas, y el olor de la chimenea era de leña seca, de la que tiene la corteza dura, como el corcho. Se olía también el olor de su isla. Olía Sardeña. Olía a olivo, que es la planta con hojas pequeñas de donde se extrae el aceite. 
En su pueblo siempre se iban con la familia a hacer la recoleta de las aceitunas. Su abuela Gerarda ponía en el suelo una red que no dejaba caer las aceitunas en el suelo. 
Se rodeaban todos los arboles con esta red, y luego se daban golpes a las ramas de los arboles con un palo que tenía al final una escoba de plástico que se parecía a un peine. Las aceitunas caían en la red, y luego se recolectaban todas juntas. Se ponían en un tanque y se transportaban hacía el "frantoio", que es el sitio donde se exprimen las aceitunas.
De ellas, exprimidas en el frantoio, se recababa el amarillisimo y saladito aceite de oliva, o mejor.. extra virgen de oliva, porque exprimido por primera vez.